BIENVENIDOS AL CLUB DE LECTURA DEL IES J.RODRIGO DE MADRID

Uno es dueño de grandes ideales y de pequeñas lecturas, y las pequeñas lecturas nos definen tanto como nuestros grandes ideales. L. G. Montero



miércoles, 19 de mayo de 2010

LA POESÍA CONQUISTA A BEATRICE



Pero los trenes que conducen al paraíso son siempre locales y se
enredan en estaciones húmedas y sofocantes. Sólo son expresos aquellos
que viajan al infierno. Ese mismo ardor le sublevó las venas, al ver
avanzar detrás de los ventanales a doña Rosa viuda de González accionando
su cuerpo y pies enlutados, con la decisión de una metralleta. El
poeta juzgó atinado escamotear al cartero tras una cortina, y luego,
girando sobre sus talones, desprendió elegantemente su jockey ofreciéndole
con un brazo a la señora el más muelle de sus sillones. La viuda, en
cambio, rechazó la invitación y abrió ambas piernas. Dilatando su oprimido
diafragma, puso de lado los rodeos:
-Lo que tengo que decirle es muy grave para hablar sentada.
-¿De qué se trata, señora?
-Desde hace algunos meses merodea mi hostería ese tal Mario
Jiménez. Este señor se ha insolentado con mi hija de apenas dieciséis
años.
-¿Qué le ha dicho?
La viuda escupió entre los dientes:
-Metáforas.
El poeta tragó saliva.
-¿Y?
-¡Que con las metáforas; pues don Pablo, tiene a mi hija más caliente
que una termita!
-Es invierno, doña Rosa.
-Mi pobre Beatriz se está consumiendo entera por ese cartero. Un hombre
cuyo único capital son los hongos entre los dedos de sus pies trajinados.
Pero si sus pies bullen de microbios, su boca tiene la frescura de
una lechuga y es enredosa como un alea. Y lo más grave, don Pablo, es
que las metáforas para seducir a mi niñita las ha copiado descaradamente
de sus libros.
-¡No!
-¡Sí! Comenzó inocentemente hablando de una sonrisa que era una
mariposa. ¡Pero después ya le dijo que su pecho era un fuego de dos llamas!
-¿Y la imagen empleada, usted cree que fue visual o táctil? -inquirió el
vate.
-Táctil -repuso la viuda-. Ahora le prohibí salir de la casa hasta que el
señor Jiménez escampe. Usted encontrará cruel que la aísle de esta manera,
pero fíjese que le pillé chanchito este poema en medio del sostén.
-¿Chamuscado en medio del sostén?
La mujer desentrañó una indudable hoja de papel matemáticas marca
Torre de su propio regazo, y la anunció cual acta judicial, subrayando el
vocablo desnuda con sagacidad detectivesca:
Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
tienes líneas de luna, caminos de manzana,
desnuda eres delgada como el trigo desnudo.
Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
tienes enredaderas y estrellas en el pelo.
Desnuda eres enorme y amarilla
como el verano en una iglesia de oro.
Estrujando el texto con repulsa, lo sepultó de vuelta en el delantal, y
concluyó:
-¡Es decir, señor Neruda, que el cartero ha visto a mi hija en pelotas!
El poeta lamentó en ese momento haber suscrito la doctrina materialista
de la interpretación del universo, pues tuvo urgencia de pedir misericordia
al Señor. Encogido, arriesgó una glosa sin la prestancia de esos
abogados, que, como Charles Laughton, convencían hasta al muerto que
aún no era cadáver:
-Yo diría, señora Rosa, que del poema no se concluye necesariamente
el hecho.
La viuda escrutó al poeta con un desprecio infinito:
-Diecisiete años que la conozco, más nueve meses que la llevé en este
vientre. El poema no miente, don Pablo: exactamente así, corno dice el
poema, es mi niñita cuando está desnuda.
«Dios mío», rogó el poeta, sin que le salieran las palabras.
-Yo le imploro a usted -expuso la mujer-, en quien se inspira y confía,
que le ordene a ese tal Mario Jiménez, cartero y plagiario, que se abstenga
desde hoy y para toda la vida de ver a mi hija. Y dígale que si así no
lo hiciese, yo misma, personalmente, me encargaré de arrancarle los ojos
como al otro carterito ese, el fresco de Miguel Strogoff.
Pese a que la viuda se había retirado, de alguna manera seis partículas
quedaron vibrátiles en el aire. El vate dijo «hasta luego», se puso el
jockey, y manoteó la cortina tras la cual se ocultaba el cartero.
-Mario Jiménez -dijo sin rnirarlo-, estás pálido como un saco de harina.
El muchacho lo siguió hasta la terraza, donde el poeta trató de aspirar
hondo el viento del mar.
-Don Pablo, si por fuera estoy pálido por dentro estoy lívido.
-No son los adjetivos los que van a salvarte de los hierros candentes de
la viuda González. Ya te veo repartiendo cartas con un bastón blanco, un
perro negro, y con las cuencas de tus ojos tan vacías como alcancía de
mendigo.
-¡Si no la puedo ver a ella, para qué quiero mis ojos!
-¡Maestro, por muy desesperado que esté, en esta casa le permito que
intente poemas pero no que me cante boleros! Esta señora González tal
vez no cumpla su amenaza, pero si la lleva a cabo, podrás repetir con
toda propiedad el cliché de que tu vida es oscura como la boca de un
lobo.
-Si me hace algo, irá a la cárcel.
El vate practicó un semicírculo teatral por la espalda del chico, con la
insidia con que Yago trajinaba los lóbulos de Otelo:
-Un par de horas, y después la pondrán en libertad incondicional.
Alegará que procedió en defensa propia. Dirá en su descargo que atacaste
la virginidad de su pupila con arma blanca: una metáfora cantarina
corno un puñal, incisiva como un canino, desgarradora como un
himen. La poesía con su saliva bulliciosa habrá dejado su huella en los
pezones de la novia. Por mucho menos que eso, a François Villon lo colgaron
de un árbol y la sangre le brotaba como rosas del cuello.
Mario sintió sus ojos húmedos, y la voz le salió también mojada:
-No me importa que esa mujer me rasgue con una navaja cada uno de
mis huesos.
-Lástima no tener un trío de guitarristas para que te hagan
«tu-ru-ru-ru».
-Lo que me duele es no poder verla a ella -prosiguió absorto el cartero-.
Sus labios de cereza y sus ojos lentos y enlutados, como si se los hubieran
hecho la misma noche. ¡No poder oler esa tibieza que emana!
-A juzgar por lo que cuenta la vieja, más que tibia, flamígera.
-¿Por qué su madre me ahuyenta? Si yo quiero casarme con ella.

3 comentarios:

Marian dijo...

" Pero los trenes que conducen al paraíso son siempre locales y se
enredan en estaciones húmedas y sofocantes. Sólo son expresos aquellos
que viajan al infierno. " Frase que posee fuerza por ella misma. ¡ Cuánta verdad, no??

lA fuerza de las palabras.........Beatrice cae rendida a las palabras, a las metáforas de Mario.
Es entrañable el papel de la "suegra" en esta novela. La sabiduría que da la experiencia, el dominio que tiene la señora Rosa del lenguaje, y sobre todo lo ocnsciente que es del peligro que éstas llevan...

No sé cómo lleváis la lectura. ESpero que os esté gustando, y me gustaría que hicieráis algún comentario sobre lo que queráis...

Yo quería resaltar de este fragmento de hoy la importancia de la amistad también. Cómo se plasma y se queda grabada en esa dedicatoria ante Beatrice, donde al fin Don Pablo le dedica su cuaderno sellando definitivamente esa amistad. Palabras para abrir libros y para perpetuar amistades.

Anónimo dijo...

"Ya has encontrado tu poesía.... Por si acaso quieres escibirla, aquí tienes un cuaderno."

Siempre tiemblo con ese momento de la película de la complicidad con el buen amigo, pero sobre todo de decir el noble amor, tan quedo y tan sublime, tan absolutamente puro y bello. Casi roza a un cielo.

Una poesía por la que vivir y un cuaderno donde decirlo. ¿Qué más puede necesitar aquel que ama así? ¿Qué pedirle más a quien así siente?

Todo un homenaje al poder de las metáforas. Al valor de las palabras. Al amigo y al amor.

Marian dijo...

¡Cuánta razón llevas anónimo¡. Gracias por estar ahí, siempre.

 
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